domingo, 19 de septiembre de 2010

viernes, 18 de junio de 2010

Superarte

Se despertó tarde, soñando que estaba otra vez en el alpende, con la lluvia cayéndole encima con un estruendo de catarata, y que la mujer desconocida, en pose de una actriz de cine de su colección, sentada en el pretil de la ventana y con la manta del director doblada en el regazo, esperaba que él acabase de subir, al mismo tiempo que le decía, Hubiera sido mejor que llamaras a la puerta principal, a lo que él, jadeando, respondía, No sabía que estabas aquí, y ella, Estoy siempre, nunca salgo, después parecía que iba a asomarse para ayudarlo a subir, pero de repente desapareció, el alpende desapareció con ella, sólo se quedó la lluvia, cayendo, cayendo sin parar sobre la silla del jefe de la Conservaduría General, donde don José se vio a sí mismo sentado. Le dolía un poco la cabeza pero no parecía que el enfriamiento se hubiese agravado. Por entre los paños de las cortinas se colaba una lámina finísima de luz grisácea, eso significaba que, al contrario de lo que creyera, no estaban completamente corridas. Nadie debe de haberse dado cuenta, pensó, y tenía razón, deslumbrante hasta más no poder es la luz de las estrellas, y no sólo la mayor parte se pierde en el espacio, sino que una simple neblina basta para tapar a nuestros ojos la luz que sobró. Un vecino del otro lado de la calle, aunque hubiese mirado por la ventana para ver cómo estaba el tiempo, pensaría que era un destello de la propia lluvia aquel hilo luminoso que ondulaba entre las gotas que se deslizaban por la cristalera.


José Saramago, Todos los nombres.
Fotografía, obra de Julio Mª Castilla Arocha.


(Hoy ha fallecido el escritor, y he decidido cambiar la entrada que tenía prevista)

jueves, 17 de junio de 2010

sábado, 17 de abril de 2010

Paco Galeote 'Intimidades Intimidadas'

'Después de una noche de sueños, la joven mujer se levantó de buen humor, casi ganada por la Bretaña, y se fue a la playa.
No le importó que el mar estuviese tan bajo. Caminó con los pies descalzos por la arena mojada. Se agachó para recoger musgo verde y con los dedos hizo restallar algas frescas.
No sabía que se podían tener relaciones así con el mar. Correr detrás de él. Antes corría tras la gente. Ahora tendría que dedicar sus esfuerzos a la naturaleza, a la escritura, las palabras, si lo lograba. Debería afrontar el viento, vestirse para bañarse. Toda una nueva moral, nuevos ritos. Estaba dispuesta a todo.
La joven mujer caminaba por una especie de desierto ventoso. Colores de Gauguin sin naranja, sin amarillo. Se había puesto una chaqueta color arena como para confundirse con el paisaje. De pronto tuvo ganas de sentarse. Encontró una roca, se quitó la chaqueta, buscó una piedra para que no se la llevara el viento. Las gaviotas caminaban como patos sobre la arena. Le costó encontrar la piedra.
-Ha elegido usted bien el momento de venir. Es la época de las grandes mareas.
Reconoció inmediatamente la voz. Apareciendo en el desierto como un diablo salido de su caja, el señor mayor se le acercaba. Llevaba un cazamariposas, un cubo. Su perro le seguía encantado de la vida.
-Voy a coger berberechos. ¿Le apetecería?
-No, gracias. Me quedaré aquí.
-Tenga cuidado. El mar sube más deprisa de lo que se piensa. Podría sorprenderla.

Monique Lange, 'Las casetas de baño'

Diseño del cartel: Paco Galeote.

'Intimidades Intimidadas', obra expuesta








Artículo sobre arteteria

jueves, 4 de marzo de 2010

redémuntok

"Fue de pronto un cambio muy agradable. En poco tiempo había logrado pasar de la pesadilla interior con Montano a una sensación de felicidad exterior allí frente al Pacífico. También yo era, si así quería pensarlo, una persona interesante. Creí oír un foxtrot, miré al cielo y confirmé que había luna llena. No hay, pensé, como estar solo en la noche. Decidí buscar algún recuerdo estimulante de algún otro diario íntimo. Propenso como soy a pensarlo todo en literatura, no tardé nada en encontrar ese nuevo recuerdo, me vino a la memoria una escena parecida a la de Connolly, en este caso una página del diario de André Gide, donde podía más o menos leerse:'Aunque sea demasiado silencioso, me gusta viajar en este vagón de tren en compañía de Fabrice (atención: Gide se refiere a sí mismo). Hoy. que viaja en primera clase, con un traje nuevo de un corte insólito y bajo un sombrero que le sienta prodigiosamente bien, se aborda con asombro en el espejo y se seduce, se encuentra la persona más interesante del mundo'.
Algo engreído sin un claro motivo y al mismo tiempo eufórico, decidí dar una vuelta por los alrededores de la casa, di unos cuantos pasos en la noche, dos, cuatro, ocho. En dos o tres minutos, casi sin darme cuenta, comenzó a quedar atrás el conjunto de casas de madera que componían Tunquén. Al salir a campo abierto comenzó a soplar un viento un tanto molesto. Propenso como soy a pensar en literatura, me acordé de Goethe: '¿Quién deambula tan tarde en la noche y el viento?'. Como es lógico, nadie me contestó, y el silencio mezclado con las leves ráfagas de viento empezó a quitarme tanto el engreimiento como la euforia. Sin meditar bien lo que hacía, empecé a ascender por una empinada cuesta creyendo que al llegar a su cima no encontraría ninguna otra casa, no encontraría nada más, no habría nada al otro lado, del mismo modo -me decía yo, un tanto sofocado- que no hay nada después de la muerte. Pero sí había algo.
A cien metros, en la iluminada planta baja de una casa, se veía a unos jóvenes conversando muy animadamente. Escondiéndome entre los árboles y al amparo de las sombras de la noche, fui aproximándome a la casa con la intención de tener a aquellos jóvenes más cerca y tal vez poder escuchar o espiar lo que decían, fui aproximándome a un lugar que yo entendía que era discreto y sobre todo muy estratégico y donde yo pensaba que podría verse y oír todo, pero cuando llegué a él no tardé en darme cuenta de que me había equivocado y que si quería espiar la casa debía aproximarme más, con el riesgo que eso significaba, aparte de que daba miedo acercarse sigilosamente entre las sombras, pues uno podía acabar siendo descubierto y tomado por un ladrón o, en cualquier caso, por un extraño, posiblemente peligroso, visitante. Pero la curiosidad -como suele decirse desde que lo dijera Borges- pudo más que el miedo. Y me acerqué mucho, tanto que me llevé de golpe una gran sorpresa al descubrir que no eran jóvenes las personas de la reunión animada sino viejos, viejos más bien muy viejos y que parecían -pensé- salidos directamente de un relato de género fantástico."

Enrique Vila-Matas, El mal de Montano.
Diseño del cartel: redémuntok