sábado, 30 de octubre de 2010

Rodrigo Vázquez

Las voces de Daniel, el zagal que guardaba cabras en aquellas lomas cubiertas de lentisco y monte bajo, se las llevaba el viento de levante en sentido contrario al de su alocada carrera. Dando saltos, a punto de despeñarse, se dejaba caer, impulsado por una fuerza desconocida, desde las cimas de las suaves colinas que guarnecían Punta Carnero hasta la casa de Miguel Guilabert, colocada sobre el mar en un cortado. Las había visto mientras desayunaba una gruesa rebanada de pan moreno, queso de cabra fresco, un trozo de miel y agua de la fuente de Urate. Había llevado la piara de cabras, como otras veces , a la sombra del bosque de alcornoques centenarios. Amaba aquel lugar. Le gustaba trepar por las ramas de aquellos gigantes y, desde allí, contemplar las aguas del Estrecho. Solía quedarse dormido escuchando el trino de los pájaros y el rumor del viento en las hojas, acunado en una horquilla. Los árboles crecían sobre la ladera protegida del levante y descendían hasta un valle angosto que en invierno, recorrían las aguas de un arroyo que venía a morir en Cala Arena. Desde sus ramas más altas contemplaba, al poniente, el perfil de la torre del Fraile; las aguas del mar, al sur, y, más allá, las costas de Berbería. Al este, por Punta Europa, el extremo sur del Peñón se sumergía con suavidad en el mar tranquilo. Cuando vio en el horizonte, lejano y azul, los surtidores de espuma blanca, saltó del árbol como si se hubiera pinchado con las púas de una tuna. Corrió como un poseso, seguido de Mambo, el perrillo de aguas que le acompañaba en sus labores de pastoreo, hasta que alcanzó la estrecha vereda que conducía a la casa de Miguel. El camino, angosto y colgado sobre el mar, moría un poco más allá, en el destacamento militar, que hacía también de faro, en Punta Carnero. Brezos, palmitos y graznidos de gaviotas colgaban sobre el acantilado en cuyo fondo el batir del oleaje que creaba montañas de espuma blanca sobre los arrecifes.
Alcanzó por fin la puerta de la casa. Bajo la parra, ahora sin hojas, unos hombres tomaban el sol invernal que se filtraban a través de las ramas secas. Alguien hizo llegar al muchacho un botijo del que bebió con ansiedad. Las palabras le salían a borbotones de la boca, mezcladas con algún buche de agua. El grupo de hombres lo miraba entre risas y sabían, antes de que sus palabras fueran comprensibles, cuál era el motivo de la excitación del chiquillo. Cuando se tranquilizó y el corazón dejó de darle saltos en el pecho, las palbras comenzaron a tener sentido.
-¡Ballenas! ¡Ballenas! Una piara -la agitación cortaba las frases-. Acaban de pasar Punta Europa y, si siguen el rumbo, van a pasar no muy lejos de aquí. Las he visto desde el bosque que está en el cerro de la Humá. En menos de una hora estarán a tiro, no muy al sur de Punta Carnero, aguas adentro.


Mario L. Ocaña Torres, "Los Señores del Viento"
Diseño del cartel: Rodrigo Vázquez.

Nota: En esta ocasión, tengo que agradecer al autor del texto anterior su buena disposición a la publicación del mismo en este blog. Es la primera vez que tengo la oportunidad de consultar con su autor las notas literarias que inserto aquí.
Esta ocasión, en la que las obras que se cuelgan en la Tetería hacen referencia directa a la ciudad en la que estamos, merecía un pasaje en la que la ciudad fuera protagonista. Me he permitido irme a un paisaje de su entorno, uno que a muchos de los que vivimos aquí nos hace viajar con los sentidos cuando lo visitamos.

1 comentario:

David dijo...

Bueno,no tengo palabras!realmente fantásticos los dibujos!No solo vemos un trazo magistral, si no que esta lleno de personalidad y cariño hacía Algeciras.Has conseguido que tu ciudad parezca hermosa!Enhorabuena!